¿Una cultura ‘mejor’?

Por Gustavo Portugal

Un hondureño muy especial, nos comparte su experiencia de cómo fue su llegada a Londres y cómo logró que esta metrópoli europea, cuna del idioma inglés se convirtiera en un hogar, lejos del hogar.

Hace unas semanas asistí a una reunión de antiguos alumnos en una universidad londinense —omitiré el nombre de la universidad y el de las personas involucradas—, donde la mayoría de los asistentes provenían de Malasia, China, India y Nepal. Todos compartían copas, anécdotas y visiones sobre el futuro de Asia.

           Yo, peruano, migrante y productor de cine, estaba acompañado de un amigo británico–latinoamericano que ejerce el periodismo. En medio de la conversación se nos acercó un joven nepalí. Después de las presentaciones de rigor, soltó con naturalidad, sin atisbo de provocación, una frase que me atravesó: “claro, nosotros en Asia tenemos una cultura más rica que la de ustedes”.

               Me quedé en silencio. En aquel salón elegante, seguro y cosmopolita, la afirmación resonó como un gong. Al volver a casa, incapaz de apagar el eco, caí en una reacción tan fría como automática: abrí el navegador y tecleé «GDP Nepal» y «GDP Peru». Descubrí que el Producto Interno Bruto de Nepal ronda los 40 000 millones de dólares, mientras que el de Perú supera los 240 000 millones.

Después vinieron los rankings de desarrollo humano, las listas de la UNESCO, los gráficos que comparan años de escolaridad. ¿Qué pretendía demostrar? ¿Que la cultura se mide en PIB? ¿Que los billetes certifican la profundidad de una memoria colectiva? Intentaba, sin darme cuenta, curar con cifras una herida simbólica.

El espejo nikkei

            No había pasado una semana cuando Perú acaparó titulares globales. Mitsuharu “Micha” Tsumura —chef peruano de origen japonés— colocó a Maidoen el primer puesto de The World’s 50 Best Restaurants. Su cocina nikkei, fusión peruana‑japonesa, es un universo de causas con erizo, tiraditos con yuzu y chashu de cerdo en salsa anticuchera. Pero, sobre todo, es la prueba viviente de que la cultura se engrandece cuando se mezcla.

En el Perú, nikkei no es solo un estilo culinario: es identidad forjada por olas migratorias que comenzaron a fines del siglo XIX. Los descendientes japoneses aprendieron a hablar quechua, adoptaron el ají, se casaron con chalacas y serranos, y terminaron revolucionando nuestra mesa. ¿Cómo comparamos esa historia de resiliencia, creatividad y memoria con cualquier otra? ¿Cómo se jerarquiza el sabor de una diáspora frente a la épica del Himalaya?

La frase “mi cultura es más rica que la tuya” no es inocente. Contiene un juicio de valor y, en el fondo, un ejercicio de poder. Implica que hay un “Top 10 cultural”, donde unos suben y otros bajan. Pero si algo he aprendido produciendo cine latinoamericano es que la fuerza de nuestras historias no depende de un ránking, sino de su capacidad para emocionar y tender puentes.

Cuando un espectador británico llora con un melodrama andino o un joven japonés baila salsa, la competencia cultural se vuelve irrelevante: gana la conexión humana.

Es así como en la cocina nikkei encontré el argumento perfecto para responder, aunque tarde, al joven nepalí. Pero no quise reducirme a una réplica. Preferí transformar la ofensa en relato. Cada proyecto cinematográfico que emprendo intento hacer justo eso: narrar nuestra complejidad para que otros la saboreen, la cuestionen y, ojalá, la amen. Así como la gastronomía de Maido no existiría sin la diáspora japonesa, mi cine no existiría sin la mezcla de andes, amazonia, migración y brutal honestidad británica.

Un mundo en tensión

Hoy, mientras escribo, el mundo tiembla. En Gaza, niños crecen bajo el zumbido constante de los drones; en Ucrania, familias enteras pasan sus noches en refugios subterráneos. Son recordatorios dolorosos de que la identidad —palestina, ucraniana, israelí, rusa— se vuelve bandera de supervivencia. Frente a ese espejo, la arrogancia cultural se revela absurda. Las culturas, lejos de los titulares bélicos, comparten un núcleo: la necesidad de narrarnos para no desaparecer.

Y ahora, te pregunto a ti: en un mundo cada vez más polarizado, donde Gaza y Ucrania nos recuerdan el precio de la intolerancia, ¿Qué estamos dispuestos a hacer —tú y yo— para que la riqueza cultural sea un puente y no un campo de batalla?

Una conclusión necesaria

Decir que una cultura es “mejor” equivale a ver el mundo en blanco y negro, cuando en realidad estamos hechos de infinitos matices. Las culturas no son piezas de museo ni medallas que colgar en la pared: son organismos vivos que respiran, mutan y se transforman con cada viaje, cada exilio y cada conflicto. En un planeta que arde, ¿no deberíamos celebrar, en vez de competir, la posibilidad de reconocernos en el otro?

Llevamos siglos construyendo muros simbólicos y físicos. Quizás ha llegado el momento de cambiarlos por mesas compartidas: la barra de Maido, un festival de cine, una humilde cocina familiar en Katmandú o un pub de barrio en Londres. Porque, al final, cuando nos sentamos a comer o a ver una película, descubrimos que nos conmueven los mismos miedos, los mismos amores y sueños.