¿Cuándo empezaremos a ‘contarnos’ con orgullo?

Los latinoamericanos debemos entender que somos: una región con una capacidad creativa enorme, con un mestizaje que no es debilidad, sino riqueza. Con ritmos, sabores, palabras y narrativas únicas al mundo. Desde Cervantes hasta el realismo mágico, desde los tambores afrocaribeños hasta la cumbia psicodélica, lo latinoamericano es un cruce poderoso que el mundo celebra… pero, que nosotros mismos no siempre sabemos valorar.

Hace unos días, mi editora me pidió que escribiera una columna sobre el cine colombiano actual. Inmediatamente, abrí cifras, repasé estrenos, exploré los últimos títulos, festivales y reconocimientos. Pero al revisar todo eso, más allá de los datos duros, algo me sorprendió profundamente: nuestras propias historias, las que nacen de nosotros, no siempre logran conectar con nosotros mismos.

Colombia estrenó más de 70 largometrajes en 2024, cifra récord. Sin embargo, la taquilla nacional no refleja ese esfuerzo. El público colombiano —como el peruano, el argentino, el mexicano— muchas veces prefiere ver otras narrativas, consumir imágenes extranjeras. Y ojo, esto no es exclusivo.

El cine británico también enfrenta enormes desafíos para conectar con su propia audiencia. El cine francés, a pesar de su prestigio y subvenciones, también lidia con su desconexión. Pero lo que me inquieta no es solo la falta de público: es la manera en que nosotros, los latinoamericanos, hemos sido enseñados a dudar del valor de nuestras propias voces.

Durante décadas, se nos dijo que éramos “del tercer mundo”, una etiqueta que se nos adhirió al cuerpo y al alma. Como si nuestra cultura, por venir del sur, estuviera condenada a ser siempre secundaria, exótica o marginal. Pero, ¿cómo reconciliar eso con una región que ha dado tantos Premios Nobel de Literatura? ¿Cómo entenderlo cuando el idioma español es hoy una de las lenguas más habladas del mundo, no gracias a España, sino al continente americano?

No somos de un mundo ni del otro

Recuerdo un viaje al Cusco hace muchos años. Allí conocí a una turista estadounidense, ya mayor, que había recorrido casi toda América Latina. Conversamos largo, con ese ritmo pausado de las montañas, y en un momento me dijo algo que se me quedó clavado en la piel:

«No entiendo cómo, con tanta calidez humana, con tanta belleza y cultura, Latinoamérica sigue sintiéndose como si no perteneciera al ‘primer mundo’.»

En ese momento no le di mayor importancia. Pensé que eran las palabras condescendientes de una extranjera. Pero los años pasaron, migré, viví fuera de mi país, y entonces entendí el peso de su observación. Ella había visto algo que nosotros, inmersos en nuestros propios prejuicios heredados, no siempre reconocemos: que valemos. Y que quizás lo que más nos cuesta es creerlo.

En estos días visité por segunda vez el buque museo Unión, el buque escuela de la Marina de Guerra del Perú. Esta vez lo encontré mejor organizado, más vivo, como un verdadero fragmento flotante de la identidad peruana. Allí, entre maquetas, banderas y recuerdos del mar, pensé: qué potente sería que cada latinoamericano pudiera navegar simbólicamente en un barco así, que nos recuerde que somos portadores de historia, dignidad y cultura.

Nos cuesta reconocernos como lo que somos: una región con una capacidad creativa enorme, con un mestizaje que no es debilidad, sino riqueza. Hemos añadido colores, ritmos, sabores, palabras y narrativas únicas al mundo. Desde Cervantes hasta el realismo mágico, desde los tambores afrocaribeños hasta la cumbia psicodélica, lo latinoamericano es un cruce poderoso que el mundo celebra… pero, que nosotros mismos no siempre sabemos valorar.

El valor de lo que somos y contamos

Por eso hago cine. Por eso escribo. Por eso lanzo estas Crónicas Latinas. Porque estoy convencido de que no se trata solo de crear imágenes o columnas: se trata de contar(nos). De mirarnos sin vergüenza. De recordar que nuestras historias no son versiones menores de las del norte, sino relatos con su propia fuerza, verdad y belleza.

Y ahora te pregunto a ti, lector o lectora: ¿cuánto más vamos a esperar para darnos el lugar que merecemos? ¿Cuándo empezaremos a contarnos con el orgullo que ya hemos despertado en tantos otros, pero aún nos negamos a aceptar del todo nosotros mismos?

Porque la verdad —y duele decirlo— es que durante demasiado tiempo nos han hecho creer que valemos menos. Que venimos de atrás. Que lo nuestro es una copia fallida de Europa o un eco distorsionado del Norte. Que somos “tercer mundo”, como si ese apelativo dijera algo real sobre la riqueza de nuestras culturas, nuestras lenguas, nuestras historias. ¡Pero ya basta!

Tenemos cine, literatura, arte, ciencia y humanidad de primer nivel. Hemos parido Nobel, cocinas que asombran al mundo, músicas que se bailan en todos los continentes, y seguimos arrastrando una culpa colonial que no nos pertenece. Somos pueblos mestizos, heridos, sí. Pero también vivos, fértiles, e inmensamente potentes.

La pregunta no es si algún día seremos parte del llamado “primer mundo”.
La pregunta es: ¿cuándo vamos a empezar a contarnos a nosotros mismos como lo que somos: una potencia cultural, humana y creativa que ya está cambiando el mundo?

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