Por Antonio Segovia Agámez

Hace unos días tuve un interesante diálogo sobre la inteligencia. En esa conversación volvió, una y otra vez, un concepto que usamos a menudo pero que pocas veces exploramos a fondo: la inteligencia. No en su acepción académica ni como sinónimo de memoria, sino como algo más hondo, relacionado con nuestra forma de habitar el mundo y relacionarnos con los demás.
¿Una cita de Einstein?
Ese mismo día me topé con una de esas frases que circulan en redes, de apariencia profunda pero dudosa procedencia, que decía: “el inteligente ignora, el sabio perdona, el mediocre se venga”. Pues, la contundente frase se le atribuye a Albert Einstein, pero no hay evidencia de que la haya pronunciado o escrito. Es una de tantas citas apócrifas que se les endilgan a pensadores famosos para darles legitimidad.
Y, sin embargo, al buscar frases reales de Einstein sobre la inteligencia, encontré una mucho más provocadora y útil: “el verdadero signo de la inteligencia no es el conocimiento, sino la imaginación”.

¿Qué significa realmente ser inteligente?
Lejos de validar la acumulación de datos o la brillantez verbal, Einstein nos invita a pensar en la inteligencia como una forma de imaginación activa. No es un ejercicio mental cerrado en sí mismo, sino una capacidad orientada a la transformación.
En otras palabras: la inteligencia auténtica no consiste en ganar debates, sino en crear soluciones. No se trata de tener razón, sino de abrir caminos y para eso, hay que imaginar: escenarios, alternativas, versiones mejores de lo que ya existe.
Una herramienta ética y política
Este enfoque tiene un enorme valor ético y político, porque implica salir del yo, abandonar trincheras ideológicas, superar envidias y celos. Y eso, como sabemos, es difícil. Concederle la razón al otro —aunque sea evidente que la tiene— supone muchas veces una derrota simbólica que el ego no está dispuesto a aceptar.
Ahora bien, la imaginación e inteligencia no son solo capacidades cognitivas. También son actitudes éticas y morales, que nos permiten —o nos impiden— tender puentes. Porque hay algo profundamente ético en la decisión de imaginar al otro como un igual con quien resolver, en vez de como un adversario a quien vencer.
Así, el verdadero signo de la inteligencia no es cuánto sabemos, sino cuánto podemos construir con otros. En un mundo donde abunda la opinión y escasea la empatía, eso sí que sería revolucionario.

Einstein y la necesidad de pensar distinto
En tiempos como estos, es fácil usar frases bonitas como comodines. Pero las palabras verdaderas —las que nacen de una convicción profunda— siguen teniendo peso. Einstein no hablaba por hablar; su insistencia en la imaginación no era un elogio poético, sino un llamado a reinventar nuestras formas de pensar y actuar.
Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar esa forma de inteligencia: la que no presume, no hiere y no se impone, sino que crea. La que tiene la valentía de imaginar algo mejor, incluso, cuando todo nos empuja a lo contrario.